May 12, 2009

Se cerraba la noche y aún no tocabamos puerto. Recuerdo que yo dudaba de nuestras posibilidades de pasar sin riesgo aquella noche en el bote. Con un mar que se desperezaba amenazante. Tenía miedo. Pero ahí estabas tú, desprendiendo una luz que guiaba nuestros remos, y enfrentado a los hielos... el calor de tu sangre. ¿Cómo no vivir sobrecogidos? si cada gota desbordaba un vaso; cada sonrisa era un llanto y hallábamos la complicidad placentera. Los de aquí no son los caminos de los que me hablabas, lo sé, pero tampoco lo eran entonces y los recorríamos atrevidos, a veces frívolos, y siempre la madurez de los corazones al final de todo. Ir y venir constante: nuestra condición de vivir. De los nudos en la garganta nacen canciones, me decías casi amaneciendo, y nos pusimos a cantar y como nubes de humo se desvanecían fantasmas y florecían esperanzas. Tu esperanza, esa que era nueva cada día, es la herencia que nos dejas a los que aprendimos el lenguaje del cariño a tu lado.
Ahora sé que estaré esperando esa llamada tuya toda mi vida.

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